Santorcaz

Santorcaz es un pueblo de la Comunidad de Madrid que se sitúa a unos 50 kilómetros del centro de la capital, muy cerquita de Guadalajara.

Aquí se encuentran unos interesantísimos restos arqueológicos. Los más antiguos, los del “Llano de la Horca”, son los de época carpetana, aunque el nombre actual responda al recuerdo medieval del lugar, ya que en esta zona es donde las autoridades establecieron la horca patibularia que daba ajusticiamiento a los reos con pena capital. En realidad, este lugar fue un antiguo oppidum prerromano, esas colinas elevadas, que permitían unas defensas naturales que se reforzaban con empalizadas o incipientes muros defensivos. Un sistema defensivo válido contra otras tribus, pero insuficiente cuando comenzaron a parecer por la península las impresionantes maquinarias militares de Cartago y de Roma. De hecho, los carpetanos acabaron formando parte del ejército del general cartaginés Aníbal contra Roma.

SANTORCAZ llano de la horca

Pero los restos arqueológicos más representativos del pueblo son el castillo medieval de Torremocha, un lugar de curiosa historia compartida por importantes personajes históricos de nuestro pasado, algunos muy a su pesar y otros motivados por razones más ligadas al disfrute.

Del castillo apenas queda nada, pero lo que se intuye hace volar nuestra imaginación hacia épocas misteriosas.

Su origen probablemente haya que remontarlo a algún tipo de alcazaba musulmana, y después fue probablemente un asentamiento templario, aunque actualmente no exista documentación que lo demuestre. Lo más probable es que fuese un establecimiento defensivo dependiente de la antigua Alcalá.

La edificación militar de la que ya hay constancia documental es la que se refiere al periodo del arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, durante la segunda mitad del siglo XIV. Eclesiástico enterrado hoy día junto a su sobrino (y también obispo y versado en leyes) en la Catedral de Toledo. Esta es la época en la que el edificio pasó a pertenecer a este arzobispado, durante la cual el conjunto arquitectónico tuvo importantísimas reformas.

Ya en la segunda mitad del siglo XV, el por entonces arzobispo toledano Alfonso Carrillo, encarceló en este castillo durante varios años, al que tiempo después sería el Cardenal Cisneros, todopoderoso personaje del reino castellano durante dos épocas, la del confuso gobierno de Juana, hija de los Reyes Católicos, de triste apodo, “la loca”… y posteriormente durante el periodo que precedió a la llegada del hijo de esta, el futuro rey y emperador Carlos. Es inolvidable ver al actor Pedro Casablanc en la serie Isabel representar al heterodoxo arzobispo Alfonso Carrillo, confabulando y traicionando una y otra vez junto a Pedro Pacheco, contra la reina católica.

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Una heterodoxia que acompañó a lo largo de su historia a varios arzobispos de la diócesis primada toledana. Arzobispos muchos de ellos guerreros y con inquietudes mágicas, cabalísticas y alquímicas, eso sí, en la intimidad, ya que de puertas afuera decían ser fieles servidores de la Iglesia romana…con la espada en la mano.

De los recuerdos de estas heterodoxias nos habla el increíble y prolífico Juan García Atienza en uno de sus numerosísimos libros dedicados a la España Mágica y a los entresijos de la Orden del Temple. Nos dice que en el antiguo Hotel Laredo de la cercana Alcalá de Henares, transformado posteriormente en Centro de Estudios Cervantinos, se instaló en su salón de actos, un fragmento medieval de unos quince metros de techumbre que procedía del antiguo castillo de Santorcaz, en el que se representaba un mapa celeste con las estrellas de sus constelaciones recortadas sobre metal. Esta techumbre es buena muestra de las inquietudes astronómicas y astrológicas de sus antiguos habitantes, fuesen estos templarios o arzobispos alquimistas.

Durante esta época (y posteriormente), el recinto se convirtió en cárcel de clérigos  y de altos miembros de la nobleza caídos en desgracia por alguna jugada política o militar que les salió defectuosa, o bien por las intrigas de opositores ladinos y despiadados. Dentro de los famosos miembros que albergaron estos muros, además del ya citado Cardenal Cisneros, se encuentran el rey francés Francisco I, tras ser derrotado por Carlos I en la Batalla de Pavía en 1525.  Y Ana de Mendoza de la Cerda, más conocida como la Princesa de Éboli, que tras fugarse del más agradable Torreón de Pinto, si es que una prisión pueda calificarse como tal. La princesa fue encarcelada posteriormente en el más desabrido castillo de Santorcaz, hasta que por último fue encerrada en el Palacio ducal de Pastrana donde finalmente murió. Solo ella y el rey Felipe II supieron las razones verdaderas que subyacían a dicho encierro…aunque teorías las hay para todos los gustos.

Pero volvamos a lo que persiste arquitectónicamente.

Siete torres de su muralla resisten al paso del tiempo, y con ellas, la Iglesia de San Torcuato, cuya cabecera lleva incrustada en el mismo lienzo de muralla desde la primera mitad del siglo XIII.

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San Torcuato fue considerado como el primero de los siete “varones apostólicos”, supuestos clérigos ordenados por los mismísimos apóstoles, enviados desde  Roma en el siglo I para evangelizar Hispania. Aunque como casi toda la historia antigua del cristianismo, bien podría ser todo ello fruto de la imaginación de algún escriba, ya que los “documentos” en los que se narra esta historia son posteriores a la historia que se nos narra, nada menos que nueve o diez siglos.

La planta de la iglesia es de tres naves, separadas por arcos de medio punto sobre pilares, y rematadas cada una de ellas por un ábside.

Frente a la portada adintelada y porticada se encuentra una cruz conmemorativa franquista recordando a los “caídos por dios y por España”. Ese mismo lugar, en el pasado medieval, sin duda ya albergó una cruz (sin mensajes políticos fascistas) ya que a día de hoy, bajo ella se sigue apreciando el cruce de corrientes de agua subterránea, y dudo seriamente que en nuestro pasado más reciente alguien conociese el sentido profundo de la colocación de cruces en los caminos.

Como curiosidad, sobre todo para los que son más mayores, es que en Santorcaz se rodó la serie de televisión “Crónicas de un pueblo”, emitida entre  1971 y 1974, aunque su nombre fuese cambiado en la ficción por el de “Puebla Nueva del Rey Sancho”. Serie muy popular en aquellos tiempos en los que las imágenes eran en blanco y negro, y tan solo existían dos canales de televisión. Tiempos de una niñez distinta a la actual, no sé si mejor o peor, pero indudablemente distinta…la mía.

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