Barranco y santuario de Nuestra Señora de la Hoz

Guadalajara es una de esas provincias con un cierto carácter de desconocida. La meseta tiene en general ese sambenito. Cuando ansiamos unas vacaciones casi siempre pensamos en irnos lejos, a la costa, al sol…hacia el exterior. Y abandonamos la idea  de quedarnos más cerca, más cerca del centro… más cerca de nuestro centro. Allá donde se anclan nuestros ancestros. Eso es algo muy occidental. Muy de estos tiempos en los que nuestras mentes parecen buscar más los nutrientes culturales más lejanos a nosotros.

Veraneo en Guadalajara, en Palencia, en Teruel o en Soria podría parecer casi el título de un monólogo del “Club de la Comedia” o el comienzo de una vieja película de Paco Martínez Soria en un viejo pueblo lastrado en un obsoleto pasado. Una foto en el monte Fuji queda mejor en Instagram que una en los Montes de Toledo. Pero en realidad…hay tiempo para todo. Para nutrirnos de aquello que tenemos más cerca, tanto como para buscar lo más ajeno a nosotros, lo más exótico y fotogénico.

Guadalajara tiene auténticas joyas arquitectónicas y naturales. Sigüenza, Atienza, Campisábalos, Albendiego y un largo etcétera, son dignas de visitar. Pero hoy quiero detenerme en el barranco y en el Santuario de Virgen de la Hoz. Un lugar al que llevaba mucho tiempo queriendo ir.

El Barranco de la Hoz es un cañón fluvial formado en un pasado remoto en el actual río Gallo, en el Parque Natural del Alto Tajo, cuyo bello sonido nos reconforta y ayuda a aligerar nuestras preocupaciones. La vega del río y el correr del agua nos libera de la densidad psíquica y emocional de la gran ciudad.

Muy cercano de las poblaciones de Corduente y de Molina de Aragón. Visualmente me recuerda mucho al Cañón del río Lobos, es decir, absolutamente espectacular, aunque yo diría que bastante más desconocido. ​

En la misma entrada al cañón se encuentra el Santuario de la Virgen de la Hoz, una pequeña iglesia románica del siglo XIII, junto a la cual nacen los senderos de ascenso hasta varios miradores en lo alto de la formación rocosa, y una cueva no menos atrayente. La visión desde ellos es simplemente sobrecogedora.

La erosión fluvial que formó las hoces ha dejado al descubierto rocas sedimentarias paleozoicas de un característico color rojizo, que emergen de entre la arboleda, formada sobre todo por pinos. Unas rocas sobre las que es fácil que nuestra fantasía pueda imaginarse a unos pterodáctilos sobrevolándolas. Sin embargo, cuando anclamos de nuevo nuestra imaginación en la realidad de esos cielos, nuestros ojos otean las también enormes alas de los buitres y de otras rapaces.

Según una leyenda popular repetida incansablemente por toda la geografía ibérica, un pastor encontró una imagen de la Virgen (rodeada de un haz de luz), vete tú a saber escondida por quién. En ese lugar habría de construirse posteriormente la ermita. Si hiciésemos un listado de las veces que se ha repetido esa historia en nuestra península, es más que probable que saliesen decenas de ejemplos.

El pequeño templo suele permanecer abierto, excepto en los meses de invierno, entre las 11,00 y las 20,00.

Una nave única vertebra su planta rectangular, la cual está dividida en cuatro tramos rematados por un  ábside plano coronado por al exterior por una espadaña. Al presbiterio se accede a través de un arco apuntado que se sustenta sobre columnas adosadas. La nave está cubierta por una bóveda de cañón apuntado en sillería, y reforzada por seis contrafuertes.

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Mis estudios de Historia del Arte pueden conmigo.

Tiene dos accesos, ambos situados en el pórtico sur. El principal está compuesto por un arco de medio punto abocinado y adovelado, con arquivoltas sobre capiteles y columnas. Y prácticamente frente a esta puerta se encuentra en el muro del lado opuesto, la sencilla puerta que da acceso a la denominada Gruta de la Aparición, en la que se supone que la virgen hizo de nuevo acto de presencia para los “piadosos cristianos”. Parte de este muro está compuesto por la misma piedra de la base del cañón. A los pies del templo, hay un segundo acceso más pequeño por el que se accede a la denominada Capilla de la Reconciliación, y a un coro elevado sobre ella.

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En el exterior aún pueden apreciarse varios signos lapidarios que reflejan distintas marcas de cantero. Mientras en el interior, varias pequeñas capillas se dedican a San Blas o a San Antonio. Y tras el Altar Mayor, oculto a la visión de la gente, se encuentra el camarín de la Virgen, donde se custodian varias reliquias y exvotos populares.

La espiritualidad popular no es muy diferente a la que podía darse en el Antiguo Egipto. El ser humano no ha cambiado demasiado, aunque muchas veces parezca que sí. En lo profundo, seguimos siendo mucho más parecidos a un antiguo agricultor de la ribera del Nilo de lo que creemos.

Los santuarios dedicados a la Diosa Madre, la Magna Mater, la Deméter…o la Virgen María (llamémosla como queramos llamarla) comparten muchos elementos comunes relacionados con un entorno muy particular, donde siempre existen grutas, cuevas y fuentes de aguas milagrosas. También son comunes las leyendas en las que un pastor o pastorcillo infante encuentra una misteriosa imagen de Nuestra Señora, ocultada por gentes piadosas para que los moros invasores y sacrílegos no tomasen represalias sobre ella.

Pero es parte del desconocimiento que más veces de las deseadas tenemos de culturas aparentemente ajenas, y eso que los musulmanes convivieron con nosotros durante 700 años. Si nos preocupásemos más de las cosas que nos unen que de las que nos diferencian, nos daríamos cuenta de la veneración que siente el Islam hacia la figura de la virgen. En los 114 capítulos del Corán, es la mujer que más aparece, por encima de casi todos los profetas, llegando incluso a tener un capítulo (el 19) a su nombre.

Pero toda esta parafernalia relacionada con la Diosa Madre no es más que el reflejo redefinido de tradiciones mucho más antiguas que las cristianas. ¿Acaso no son los mismos elementos que existieron en lugares paganos como el Oráculo de Delfos, con su gruta y su Fuente Castalia? ¿Aunque este estuviese dedicado al dios Apolo y a sus musas?

El ser humano ha estado siempre íntimamente ligado a los ritos de fertilidad de la tierra…y en su sentido más amplio, a la fertilidad del cosmos. Los Misterios paganos fueron su reflejo. Las grutas y todos aquellos lugares que penetraban al interior de la tierra fueron lugares idóneos para rendir culto a la diosa madre. La Sophia gnóstica. Más tarde, cuando se institucionalizó la ortodoxia cristiana, en vez de suprimir estos cultos, los cristianizó, transformándolos en santuarios marianos.

La leyenda cuenta que en 1129 un joven de la cercana población de Ventosa, buscando en la noche a una res extraviada, descubrió la imagen de esta Virgen oculta entre las rocas. Como la paradigmática obra de Leonardo, “la Virgen de las rocas”.

En ese mismo año, la población de Molina fue arrebatada a los musulmanes, por lo que parece que la virgen no se hizo de rogar demasiado.

Algunos historiadores del pasado apuntan la tesis de que la imagen de la Virgen se encontraba en la catedral visigoda de Ercávica (en Cuenca), y que es posible que con la llegada de los árabes a España, fuese ocultada, hasta que siglos después, tras la reconquista, reapareciese para regocijo de los cristianos.

La imagen de madera policromada parece ser que debió estar originalmente sustentada sobre una silla o quizás pertenecer a alguna especie de retablo.

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La reaparecida imagen fue llevada a la iglesia de Molina, por ser la capital del señorío medieval, pero milagrosamente, al día siguiente, la Virgen había desaparecido de allí, para volver a aparecer en el barranco. Ejemplo repetitivo de que lo que es verdaderamente importante en esta historia (y en otras similares), no es la talla de la virgen en sí misma, sino el lugar geográfico específico que marca. Este mismo detalle de la historia, se repite también en muchos lugares de nuestra península. Este retorno al lugar donde fue encontrada ocurrió varias veces más, hasta que al final se decidió respetar la decisión de la virgen, levantándose una pequeña  ermita en aquel lugar. En el 1168 ya hay referencia documental de este santuario.

Con el tiempo, la nombrada como Virgen de la Hoz fue “ascendida” a patrona de la Vega del Gallo y de la población y señorío de Molina, desde donde comenzaron a dirigirse sus romerías, las cuales siguen produciéndose hoy día.

Los vecinos de Molina de Aragón en conmemoración de una supuesta intercesión de la virgen durante una epidemia de peste medieval, celebran una de estas romerías el 1 de Mayo, fecha de clarísimas reminiscencias paganas (el Beltane cético, que en irlandés vendría a significar algo así como “Buenfuego”…que cristianizándose se transformaría en el “Pentecostés…la chispa ígnea de dios) con la “Romería del Butrón”. De hecho, el primer domingo de Junio (en el Pentecostés cristiano) se realiza la “Fiesta de la Loa”, una especie de auto sacramental en la que se  representa la eterna confrontación dualista pagana del bien contra el mal, donde los diablos portan espadas decoradas con serpientes. Y donde al acabar, ocho danzantes bailan antes de finalizar con la construcción de una torre humana que eleva a las alturas a un niño disfrazado como un ángel. Es curioso que una de las características de esta romería es la existencia de unos representantes de las familias de la población, a los que llaman “hombres buenos”. Una denominación tan cátara…

Hoy día, como marca la época de paridad en la que vivimos, los hombres buenos se han transformado en “hombre y mujer buenos”.

En este santuario se instalaron, en el siglo XII, algunos canónigos regulares de San Agustín, muy probablemente procedentes de Francia. El obispo seguntino don Joscelmo adquirió el lugar a su anterior señor, el conde molinés don Pedro Manrique de Lara, en 1272, a quien el rey aragonés se la había entregado tras reconquistarlo a los infieles.

Estos hombres, edificaron el templo para la Virgen a los pies de las imponentes rocas, y junto a él un pequeño claustro y monasterio.

La tradición asocia este lugar con la orden del temple, pues al parecer esta Orden estuvo asentada en Ventosa y Cañizares. Pero lo cierto es que si fue así, no queda documentación que lo corrobore. Lo único que nos queda son algunas asociaciones curiosas.

La orden del Temple se fundó en Francia hacia el 1120 patrocinada por el reformador cisterciense Bernardo de Claraval (el promotor en la Europa medieval del renacimiento del culto mariano), y en el Concilio de Troyes de 1128 se le asignó su conocida como “Regla Latina”, que no fue más que una readaptación de la regla de los Canónigos Regulares de San Agustín.

Es conocida la “obsesión” de la orden templaria por asentarse en lugares especialmente “telúricos”. Y casualmente, escasamente un año después (en  el 1129) de asignársele su Regla a la orden templaria, aparece la imagen de la virgen de la Hoz, y con ella unos canónigos, posiblemente franceses. Insisto en que a día de hoy no hay documentación que demuestre esto, pero…rojo y en botella de cristal, a veces se suele llamar vino.

Ya posteriormente, a mediados el siglo XIV, la Hoz perteneció al monasterio cisterciense de Ovila, es decir, cuando la orden del temple fue defenestrada en Francia y en toda Europa, la ermita y monasterio perteneció de nuevo directamente al seno de la orden de Bernardo de Claraval.

Pero haya pertenecido al Temple o no, el lugar es simplemente espectacular.

Bien merece una visita.

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