ADIOS CARIÑO

Es increíble el amor que se puede llegar a sentir por un animal de esos que hasta hace muy poco se consideraban como simples mascotas, animales de compañía más o menos prescindibles y sustituibles, o en el peor de los casos simples seres no sintientes propensos a los arrebatos de los dueños o de cualquier otra persona que se creyese superior por el hecho de emitir sonidos que se convierten en palabras. Lo de que estas sean inteligentes o no depende de cada persona.

De hecho la diferencia entre que un ser articule palabras o no, no es demasiado relevante, aunque para nuestra ciencia lo sea si lo llevamos a planteamientos evolutivos. Personalmente creo que el ser humano cuando comenzó a emitir palabras y a tratar de transcribirlas a un soporte físico, involucionó más que evolucionó. Porque el pensamiento hablado y escrito trajo el engaño y la mentira, mientras el pensamiento sentido y transmitido es pura emoción sincera.

Por eso a veces pienso cuan equivocados estamos cuando pensamos que nosotros somos los seres dominantes en una relación humano-animal. Quizás si no fuésemos tan egocéntricos nos daríamos cuenta de que en realidad es al revés. Y que en realidad somos nosotros los que más salimos ganando con esa relación, pues nos hace volver a la esencia que no debió olvidar el ser humano. Esa esencia que nos acerca y nos recuerda lo Trascendente.

Para muchas personas es probable que pareceré un friki que no dice más que estupideces sensibleras, pero para muchos otros, sobre todo aquellos que también comparten o han compartido sus vidas con otros pequeños cuadrúpedos, sentirán mis palabras como si fuesen suyas.

Y no es cuestión de pensar en que el cariño hacia un animal no hace más que sustituir o suplantar el cariño hacia un humano. No. Los tiros no van por ahí. Cada uno tiene su espacio. Y ninguno es más importante que el de otro. Cuando hay amor sincero, y esto no es más que una redundancia ya que el verdadero amor no puede ser más que sincero y generoso, lo mismo da que se dé y se reciba de o hacia un familiar, un animal, una planta…o hacia la vida misma en general. Vivir amorosamente es un estado del ser.

La vida de los animales que comparten nuestra casa es de pleno derecho. No son objetos ni esclavos. No están subordinados a nosotros. Todos los que comparten un mismo techo son iguales ante la vida, lo único que cambia son los roles. Igual que no tienen el mismo rol un abuelo o su nieto.

Y no es tampoco cuestión de que humanicemos más de lo debido a los animales….bueno un poco sí. Muchas veces encontramos en la relación con animales, las carencias afectivas que tenemos en nuestras relaciones con otros humanos. Pero no como sustitución sino más bien como añoranza de lo que una relación debería ser en verdad. Como añoranza de lo que quizás fue la norma en un pasado remoto, dorado y quizás utópico.

El amor hacia una persona está infectado por las experiencias vividas junto a ella. Esta alterado por las interferencias psicológicas, por las expectativas no cumplidas, por rencores soterrados o no tan soterrados, por el dolor de muchas incomprensiones, por las heridas de la convivencia o de la falta de ella. Pero el amor que nos demuestran los animales es absolutamente sincero, sin dobles o triples intenciones, sin “quiero decir SÍ aunque esté pensando NO”.

Es natural.

Quizás es esa sinceridad de la convivencia mutua la que la hace tan especial. Una sinceridad a la que no solemos estar acostumbrados en nuestro trato y nuestras interrelaciones entre humanos. Un trato más propenso al engaño y sobre todo al autoengaño.

Los animales que nos acompañan en nuestras casas son algo más. Son compañeros con los que hemos realizado un pacto de amor. En realidad, igual que con cualquier otro de los denominados humanos, solo que a nosotros las más de las veces, se nos olvida. Porque la vida son pactos. Pactos y decisiones.

Y en tanto que compañeros pasan y pasamos con ellos por todas las fases de la convivencia. La fase del niño trasto y juguetón. La fase del adolescente altivo. La fase del adulto respetuoso. La fase del mayor que debe comenzar a cuidar de su salud. La fase del abuelo con ganas de tranquilidad y sosiego. Y la fase del que ya ve de cerca los alientos del que va a cambiar de estado. Por todas esas fases pasamos con nuestro pequeño peludín que a comienzos de este año nos dejó para pasar a otros planos de existencia. Un plano de existencia distinta que pude vislumbrar claramente unas horas antes de que nos separásemos definitivamente. Unos planos en los que pude ver y sentir con claridad como los animales tienen Alma. No sé si en el pasado la tuvieron, pero en este momento sí. Claramente sí. El planeta ha cambiado mucho últimamente.  Y nosotros con él.

Algo más de diecisiete años estuvimos juntos. Años que se han pasado volando.

Para cada uno “su animal” es especial, al igual que pasa con un hijo. El de uno siempre es el mejor, el más guapo, el más simpático, el más listo. Es imposible no verle así. Es imposible no defenderle cuando pensamos que algún peligro le pueda acechar, o no cuidarle con mimo  cuando le vemos enfermo.

Para nosotros, Naboo, que ese es su nombre, lo fue. Fue el ser más especial del mundo.

Naboo fue un miembro de mi familia…un miembro de pleno derecho a pesar de caminar a cuatro patas y de ser más pequeño y peludo que nosotros. Compartimos casa y cama durante todo este tiempo, durante todo este viaje, como si fuésemos una pequeña tribu que por la noche se recogía en su cueva, protegiéndose  de los peligros del exterior y dándose calor.

Siempre me pregunté cómo nos vería él. Hoy creo que lo vislumbro.

Tenía un duro trabajo diario. Hacer que nos sintiéramos felices por el hecho de estar a su lado. Si los humanos trabajáramos en esa faceta de nuestras vidas, el mundo sería un lugar mucho más hermoso y agradable.

Hacer que tras atravesar la puerta de la calle nuestro primer pensamiento fuese siempre para él. De hecho, mientras subíamos en el ascensor ya pensábamos en ver su cara asomar por el resquicio de la puerta. O ya cuando fue siendo más mayor, le veíamos aparecer despacito y de lejos, como si nuestra vuelta le hubiese pillado por sorpresa durmiendo en algún lugar lejano de la casa, es decir, a no más de diez o quince metros de distancia.

Es imposible no seguir oyendo sus patitas andar por el suelo del hogar. Es imposible no seguir buscándole cuando abres la puerta de la calle y siempre te estaba esperando para jugar a escaparse hasta el piso de arriba, nunca más allá, y cuando conseguía que fueses a buscarlo, se dejaba coger y te regalaba un efusivo frote de hociquito contra tu nariz. Es imposible no buscarlo cuando te vas a la cama por la noche o cuando te levantas de ella por la mañana para ir a trabajar. Es imposible no buscarlo para darle un último beso en su frente, antes de salir de casa, como si fuese el beso de Blancanieves al enanito. Es imposible no mirar al suelo,  buscando sus ojillos cuando pones la mesa para comer. Es imposible no buscarle cuando te despiertas de la pequeña siesta y no le sientes pegado a ti. Es imposible no sentir añoranza de cuando se colocaba entre las piernas para descansar contigo, o de cuando te pedía que le cogieses en brazos, independientemente de lo que estuvieses haciendo.

Es imposible no ver sus ojitos cerrados de gustito mientras, cogido en brazos, le mordisqueaba despacito las orejillas. Y él se dejaba hacer y ponía blanditos todos los músculos de su pequeño cuerpecito, en clara señal de que aquella pequeña sesión de mimos colmaba su deseo de placentera relajación.

Es imposible no pensar en la cantidad de veces de nos hackeo el ordenador, al sentarse sobre el teclado, consiguiendo gracias a sus lomitos estratégicamente colocados sobre las teclas, que la pantalla desapareciese, que las teclas dejasen de funcionar como lo estaban haciendo o que se creasen archivos inexistentes hasta entonces. Es imposible no acordarte de cuando te pedía agua, maullando frente al grifo del baño. O de cuando se ponía frente a la puerta de la terraza para que se la abrieses y pudiese salir a darse un pequeño festín con las jugosísimas plantas que había en ella. Es imposible no acordarte de los enfados que se cogía cuando le dejábamos solo algún día, de cómo te ignoraba con altiva dignidad y de cómo sentías que te “perdonaba” cuando le veías de nuevo acercarse con intención de darte y de recibir algún mimo. La gasolina de los seres vivos.

Es imposible no escuchar su dulce y lejano maullido de auxilio cada vez que se quedaba encerrado en un armario.

Es imposible no ver sus ojos como se cerraban cuando le tirábamos un beso desde la lejanía, como si de veras lo sintiera físicamente. Estoy convencido de que en realidad podía sentirlo, no como el roce de unos labios contra la piel sino más bien como la vibración que podía percibir emitiendo desde nuestro Corazón.

Es imposible no pensar en cuando te buscaba para jugar contigo o cuando venía corriendo a toda prisa cuando nos oía hacer la cama…porque era tan divertido jugar a esconderse entre las sabanas…creyendo que no le veíamos porque él no nos veía a nosotros. O ver como movía su culillo juguetón cuando le llamábamos por su nombre mientras estaba escondido y nosotros hacíamos como si no supiésemos donde estaba. Es imposible no acordarse de cómo se encaramaba al radiador buscando el calorcito tan rico que salía de él. Sobre todo cuando fueron pasando los años y sus orejillas ya no escuchaban con la claridad de la juventud y se sorprendía de verte aparecer cuando entrabas en casa con ojos de sorpresa por no haber escuchado la puerta. Y creías entender su pensamiento buscando una explicación a lo que le estaba pasando, y yo no podía por menos que explicarle, que lo que le pasaba……es que se estaba haciendo mayor.

Es imposible no verle aún.

Es imposible no verle caminar con el mayor de los cuidados para no tirar absolutamente nada de lo que hubiese sobre una mesa o una estantería. Tenía él más cuidado que nosotros.

Es imposible no acordarte de cuando te veía con las piernas desnudas y te perseguía por toda la casa con la graciosísima intención de mordisquearte las pantorrillas. Debía ser infinitamente gracioso para él ver como intentábamos evitar sus embites.

Es imposible no verle entre mis piernas, sentado como un niño, mientras paciente se dejaba cortar las uñas de sus patitas. Bueno, las de su manita izquierda no. En esta había algo que no le gustaba nada. Quizás una especie de cosquillas…quien sabe. Pero lo cierto es que retiraba siempre su patita de mi mano, dejando claro que no era de su agrado que le andase cogiendo esa extremidad. Pero a pesar de no gustarle, jamás hizo el menor movimiento defensivo, no sacó sus uñas, jamás intento morder ariscamente, ni bufó ni arañó. Simplemente quitaba su patita de mi mano mientras me miraba y en sus ojos podía leerse una especie de “no puedo evitarlo”.

Es imposible no acordarse de cuando se paraba sentado frente a algún lugar inhabitual de nuestra casa y comenzaba una especie de conversación contra pared. Él sin duda veía cosas que nosotros no veíamos, aunque intuyésemos. Y sabíamos que su tranquilidad o su intranquilidad era clarificadora de lo que veía. Y era como si a veces nos avisara de que había “algo” que no le gustaba, mientras otras no le daba “ninguna” importancia.

Es imposible no acordarte de la infinita variación de su lenguaje gatuno. De como un simple miau podía sonar de mil formas distintas…y las entendías…casi todas. Es imposible no acordarse de las conversaciones que teníamos con él. Jamás vi gato más hablador. Dicen que los siameses son así. Es probable pero yo solo conocí en profundidad a Naboo para poder generalizar. Es como si dijese que todos los humanos somos cariñosos e inteligentes. Evidentemente no es así.

Es imposible no ver su cara redondita frente a la mía cuando alguna vez me dormía por las mañanas para ir al trabajo, y como en multitud de ocasiones, como si supiese la hora que era y que iba tarde, me despertaba como una madre despierta a su hijo que se ha quedado dormido para ir al colegio. Y es increíble pero distinguía que los fines de semana no debía de despertarme porque no tenía que ir al trabajo. O como se levantaba conmigo mientras bostezaba y aún con los ojillos somnolientos, me acompañaba hasta la puerta y luego se volvía a la cama, como si ya hubiese cumplido “su trabajo” mañanero. Su ritual de despedida.

O como “sentía” cuando llegábamos a casa, y muchísimas veces esperaba sentado tranquilamente cinco o diez minutos antes de que apareciésemos por la puerta, mirando hacia esta. O como, cada vez que faltábamos alguno se intranquilizaba e iba repetidamente hacia la puerta mientras como un ritual, volvía hacia el que quedase de nosotros, maullándole como si quisiera decirle o preguntarle “¿pero donde se ha metido?”

Es imposible no verle en su lugar favorito frente a la ventana de la cocina a mediodía, con los ojos cerrados frente al sol…en su momento de “comunicación” con lo que no veíamos. Su momento de Trascendencia. Unos momentos en los que más parecía estar meditando. Y le veías como su rostro de felino se le transformaba como se le transforma a un maestro zen que serena y plácidamente está en plena sesión de zazen.

Es imposible no acordarse de él cuando ves alguna de las trescientas mil fotos en las que aparece junto a nosotros o cuando escribes la contraseña del ordenador.

Es imposible no acordarse del cariño que nos regalamos generosamente durante todos estos años. Él a nosotros y nosotros a él, porque fue mutuo. E intenso como un amor de juventud.

Como tampoco es imposible olvidarse de los últimos dieciocho días que nos regaló desde que el día de Nochebuena decidió dejar de comer. Un hecho aparentemente nimio pero revelador en un tragaldabas como él.

Han sido días duros. De veterinarios, de sueros, de verle como se iba apagando, de pequeñas alegrías cuando lográbamos que comiese algo, aunque fuese la puntita de una loncha de pavo, de ver como apenas lograba andar, de ver sus patitas rasuradas por la abundancia de pinchazos, de ver su mirada lánguida o su fétido aliento debido al mal funcionamiento de sus riñones. Un dolor que hicimos nuestro. Un dolor que se convirtió en infinita tristeza durante su proceso de transición y mucho más cuando ese proceso terminó. Un dolor que se materializó  como si se hubiese solidificado un pegamento, mientras escuchaba por “casualidad” la canción “Out of time” de aquellos Rolling Stones de los años sesenta, y cuya traducción de su título se me incrustó como una bala dos días antes de dejarnos. Como si fuese su manera de decirme que ya le quedaba muy poquito junto a nosotros. Porque en ese momento el cordón que le unía a la vida, se rompió…y el nuestro hacia él, también. No el cordón emocional sino el vital.

Es increíble el lazo energético y emocional que se puede llegar a generar con un “animal”. Y es increíble el dolor que se puede llegar a sentir cuando ese lazo se rompe. Una ruptura tan física, palpable y dolorosa como cuando te lesionas con un desgarro de fibras mientras haces deporte. Y como una lesión deportiva necesita su reposo, y su tiempo de regeneración, una lesión en el Corazón aún lo necesita más. Una regeneración a la que espero ayudar con estos párrafos, pues doy fe que están siendo días complicados. Unos párrafos que a la vez son la muestra de la gratitud que le tengo, porque prácticamente nadie me dio tanto a cambio de tan poco.

Solo siento Infinita gratitud.

Lo único que me queda es darte las gracias por los regalos que recibimos de ti. Por tu tiempo compartido con nosotros. Por tus mimos, por tus besitos y por tu cariño.

Adiós Cariño.

 


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