TOMAR: LA ORDEN DEL TEMPLE EN PORTUGAL (Viajando por Portugal PARTE 1)

Portugal es uno de esos lugares que quizás por su cercanía, vas relegando su visita en el convencimiento de que en cualquier momento y sin excesiva preparación lo puedes visitar como quien va a comprar el pan a la esquina de su casa. Total, está tan cerca que puedes ir y recorrerlo en coche, sin necesidad de aviones ni barcos. Además, su idioma y sus gentes son tan parecidos a nosotros que es como si  no hubieras salido de España.

Hacía tiempo que no escribía y mis dedos mostraban un entumecimiento similar a los de un alpinista ascendiendo el Everest. Cada momento es singular y único y cuando no toca escribir…simplemente NO TOCA. Este viaje a Portugal ha sido una buena excusa para desempolvar la herrumbre de mis articulaciones.

He decidido dividir este artículo en dos. Separación clara de los dos lugares paradigmáticos que teníamos intención de visitar a lo largo de estos días veraniegos. El primero lo dedicaré básicamente a Tomar, la pequeña ciudad donde se encuentra el Convento de Cristo, el arquetipo arquitectónico de la Orden del Temple en Portugal. Mientras el segundo lo dedicaré a Sintra y específicamente a uno de sus lugares más emblemáticos, La Quinta Da Regaleira.

Comencemos pues.

Decidimos establecer un primer campamento base en la ciudad de Aveiro, la llamada “pequeña Venecia portuguesa” situada a 525 kilómetros de Madrid.  Aveiro tiene canales, cuatro. Y góndolas, eso sí movidas con motor. No discuto que es agradable pasear por sus calles, pero atreverse a llamarla “pequeña Venecia” me parece excesivo y presuntuoso. Parece más reclamo turístico que realidad. Lo que sí pudimos disfrutar allí en aquellos días, fue de una espectacular playa para nosotros solos. Literalmente. Algo extraordinario, sobre todo teniendo en cuenta que veníamos de Levante, y que la normalidad de la mayoría de playas españolas es que estén abarrotadas y que para llegar hasta la orilla tengas que esquivar cientos de amenazadoras sombrillas. Pero esta playa en Costa Nova, muy cerquita de Aveiro, fue sencillamente fantástica. Un regalo de paz y sosiego. Un regalo para descansar y meditar. Para recapacitar e intentar reconducir una vida que en estos últimos meses se me había escurrido entre los dedos sin saber muy bien hacia dónde había ido. Un lugar ideal para dejarte embrujar por el momento presente, sin pensar en fantasmas pasados ni futuros. Un lugar donde poder olvidar miedos y dejarlos enterrados en la arena junto a las olas, esperando que por la noche, con la subida de la marea, el agua se los llevase lejos. Tan lejos que no volviesen a encontrarme.

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De allí visitamos Oporto, a poco más de 70 kilómetros. La segunda ciudad más importante de Portugal. Un precioso lugar a orillas del río Douro (nuestro Duero, vaya) colapsado de turistas. Pasear por sus estrechas y empinadas callejas fue todo un placer…aunque nuestros gemelos no creo que pensasen lo mismo.

Tras varias noches en Aveiro, alojados en una preciosa casa, partimos hacia Lisboa, paso previo por la ciudad de Tomar que se encuentra a mitad de camino, a unos 100 kilómetros al noreste de la capital portuguesa, donde pudimos contemplar el impresionante Convento de Cristo y la Iglesia de Santa María del Olivar. Los dos lugares templarios por excelencia dentro de la ciudad templaria portuguesa por excelencia…la ciudad que después heredó la Orden de Cristo, recogiendo el legado de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, más conocida como el Temple.

Dos lugares plenos de misterios y dignos de detenerse a contemplarlos y mirarlos con los ojos adecuados. Los ojos del curioso que está deseoso de dejarse sorprender.

 

Hablemos de Tomar…y de la Orden del Temple

El 13 de octubre del 1307, el rey francés Felipe IV “el Hermoso”, decide acabar con la Orden del Temple. El rey francés no podía hacer frente a la gran deuda contraída con la Orden, sobre todo, tras el rescate de su abuelo, Luis IX, tras ser apresado en Egipto durante la sexta cruzada.

Ese día, el gran maestre Jacques De Molay, junto a otros maestres y miembros de la orden, fueron apresados y acusados de herejía.

En ese momento, el Papa Clemente V ocupaba el solio pontificio tras la inestimable y deudora ayuda del rey francés y la muerte, todo hay que decirlo, en extrañas circunstancias de su antecesor, Bonifacio VIII.

Clemente V se convirtió desde entonces en un auténtico títere del rey francés Felipe IV, pero a pesar de ello, en agosto de 1308, aún llegó a redactar un documento conocido como Pergamino de Chinon,  reaparecido recientemente, en el que absolvía de todos los cargos al gran Maestre del Temple Jacques De Molay, y a todos los templarios apresados y sobrevivientes, y revocando su excomunión. Un documento que convierte en más evidente si cabe, las causas de los procesos contra la Orden. Unas causas que obedecían más a intereses puramente económicos y de poder por parte del rey de Francia, que a otras de carácter religioso y herético.

A pesar de que el papa, sin duda creía en la inocencia de los miembros de la orden, al final se hizo evidente la absoluta influencia que ejercía el rey francés sobre él, haciéndole emitir  la bula Pastoralis Praeminentiae, con la que se ordenó a todos los reyes y príncipes cristianos europeos que arresten todos los caballeros templarios de sus territorios, acusándolos de todas la maldades imaginables.

El Gran Maestre de la Orden, Jacques De Molay, junto con otros caballeros y maestres más, permanecieron encarcelados durante los siguientes siete años, torturados…y quemados vivos  en marzo del 1314.

Una leyenda dice que, antes de morir, el Gran Maestre Jacques De Molay, maldijo al rey Felipe y al Papa Clemente y que les llevaría en breve plazo a morir. 32 días después murió el Papa Clemente V (curiosamente su cadáver se calcinó “accidentalmente” durante el velatorio), y algo menos de siete meses después el rey Felipe IV.

Las propiedades templarias fueron codiciadas por la Orden Hospitalaria, y de hecho muchas de ellas fueron transferidas a ella…pero ni muchísimo menos todas.

En la península Ibérica, muchas posesiones pasaron a dominio real, mientras que algunos caballeros templarios sobrevivientes formarían nuevas órdenes militares. En España, se creó la Orden de Montesa en la Corona de Aragón, y  en Portugal se refundaron en la denominada Orden de Cristo, cuya principal sede fue Tomar. El lugar donde me encontraba en aquel momento.

Desde el año de 1159, la ciudad de Tomar pasó a formar parte de los bienes de la Orden del Temple, gracias a la cesión del primer rey portugués Alfonso I, tras la toma de Lisboa en 1147  a los musulmanes del reino taifa de Badajoz. En 1160, el Gran Maestre portugués, Gualdim Pais, construye el castillo de Tomar, junto a la parte más antigua del actual convento, la conocida como “La Charola”, un templo de planta centralizada claramente influenciado por la Cúpula de la Roca de Jerusalén, junto a la que se había fundado teóricamente la Orden Templaria.

En 1314, en Portugal, el rey Dom Dinis (o Dionisio I), reconvierte la Orden del temple en la Orden de Cristo. Es decir, el mismo año en que fue ejecutado el último gran maestre templario. Y la centraliza en la población de Tomar, en el convento-fortaleza de Cristo. Un lugar desde el cual se forjaron posteriormente las expediciones portuguesas al Nuevo Mundo y quizás también las del mismísimo Cristóbal Colón. Las cruces de cristo que llevaron sus carabelas en las velas no fueron simples ni casuales adornos decorativos.

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Tomar fue el lugar desde el cual se lideró y dirigió la época dorada de los Descubrimientos Geográficos portugueses durante aquellos años a caballo entre el fin de la Edad Media y el Renacimiento.

El convento es un lugar impresionante compuesto por una sucesión de claustros dispuestos en una forma cuadrangular, que me recordaba, salvando las distancias, al Monasterio del Escorial. Es como si esa idea “imperial” y casi “mesiánica” del rey Manuel de Portugal y la posterior del rey Felipe II de España hubiese desembocado en conceptos arquitectónicos similares. Ambos muy ligados al mítico Templo de Salomón.

De hecho, el reinado de Manuel I de Portugal entre 1495 y 1521 está íntimamente ligado a algunos conceptos muy particulares, muy cercanos a lo puramente esotérico. Uno de ellos fue el proyecto de una especie de cruzada que unificaría el mundo cristiano occidental con el mítico reino Cristiano oriental del Preste Juan.  Su concepción política lo hizo creer que estaba destinado a fundar el denominado Quinto Imperio de la Profecía de Daniel, y que profetizaba la instauración del Reino de Dios sobre la tierra encabezado por un príncipe portugués que acabaría con los enemigos de la fe cristina (los turcos) y conquistaría definitivamente Tierra Santa, tras lo cual se instauraría a nivel mundial un periodo de paz y felicidad que duraría los siguientes mil años…Adolf Hitler pensó lo mismo.

Pero mi atención, ya desde que salimos de Madrid, iba enfocada en la parte más antigua del conjunto. Aquella que se conoce como la Charola. Hoy día convertida en la girola poligonal de la iglesia del conjunto del monasterio.

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La Charola es la parte más antigua (junto al mismísimo castillo que rodea al conjunto). Es la parte específicamente templaria perteneciente al siglo XII. El lugar que originó lo que se construyó en su entorno. El lugar escogido por los sabios templarios para hacer allí su particular “réplica” de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Y no es un lugar escogido al azar. La energía que emana es aún, hoy día, más que reseñable, aunque como pasa en otros muchísimos lugares, este diluida entre tanto turista y entre tanto “decorado” por parte de la iglesia oficial posterior. Posteriormente fue construida la iglesia manuelina, que quedó unida a la primera por una arcada.

La original responde a una planta centralizada poligonal con ocho columnas en su centro. Una estructura similar a la de otras iglesias peninsulares como la de la Veracruz en Segovia o la de Torres del Río en Navarra. Una planta arquitectónica tan particular que merecerá en un futuro, un artículo propio.

En 1356, Tomar paso a ser la sede de la Orden de Cristo en Portugal, y la excesiva decoración de la girola refleja los nuevos tiempos que corrían por el reino portugués. Unos tiempos en que la Orden era ya inmensamente rica y quizás se habían perdido algunos de los conocimientos y de los fundamentos iniciales sobre los que se construyó la iglesia original.

Lo siento, pero a mí me gusta la belleza austera y sobria de la piedra. Sin más. Sin decoración. Sin pinturas. Sin escenas bíblicas que despistan del verdadero sentido místico energético de la construcción. Sin dorados que deslumbran de la verdadera visión interior. Sin artificios que desvían la atención como un mago prestidigitador lo hace cuando realiza uno de sus trucos.

El convento me sobrecogió por momentos, pero la impresión general que me llevé es que estaba demasiado enfangado de capas energéticas densas. Quizás expresamente ensuciado. Quién sabe. Demasiado contaminado emocionalmente.

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Además, en Tomar también existía una iglesia muy particular con una categoría también muy particular, ya que tenía jurisdicción propia y mantenía su independencia respecto a otras diócesis. En realidad, todas las construcciones específicamente templarias, la tenían.

Esta iglesia era la de “Santa María do Olival” (Santa María del Olivar), donde se encuentra sepultado Gualdim Pais y otros maestres del temple portugués, pero que además está plagada de “particularidades”. El lugar de enterramiento de los maestres templarios portugueses, no podía ser vulgar y corriente.

Es una pequeña iglesia que me encantó. Rodeada por olivos como guardianes físicos y energéticos de este pequeño templo.

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Para pasar a su interior hay que descender por una pequeña escalera de ocho escalones. Como la mente es engañosa, siempre anda intentando encontrar similitudes y cosas que se le parezcan para poder comparar. En este caso, y salvando también casi infinitas distancias, mi mente me hizo viajar hacia uno de mis templos favoritos, la iglesia toledana de Santa María de Melque. El antiguo pasado romano que ambas tenían, quizás tuvo algo que ver, porque en realidad sus semejanzas son a simple vista mínimas.

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Ocho es también el número de sus columnas octogonales que dividen el espacio del templo.

El ocho (o quizás el Infinito) aparece también en varias lápidas del suelo del templo.

Un místico pentáculo de Salomón aparece sobre el altar mayor, que me recuerda a los de la Iglesia de San Bartolomé de Río Lobos. El místico símbolo por el que se reconocían entre sí en la antigüedad griega, los pitagóricos.

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En una de las paredes laterales se encuentra un cuadro que muestra la escena de “Pentecostés” es decir, la del descenso del fuego del Espíritu Santo sobre algunas personas receptivas y especiales (generalmente, los 12 apóstoles). Pero en esta ocasión mostrada de una manera muy especial ya que las figuras sobre las que desciendía no son 12 sino 16 (incluidas algunas mujeres, una de ellas probablemente María Magdalena)…y además, las lenguas de fuego que descienden no son 16, es decir, una para cada personaje, sino que son 17…y por lo tanto, aparentemente SOBRE UNA.

Además, alguno de los personajes también es representado de una manera muy particular. Tan particular como para tener seis dedos en su mano. Una particularidad genética extraordinaria que se da esporádicamente en el pueblo de Cervera de Buitrago en la sierra madrileña desde hace algunas décadas. No parece que la solución al enigma se encuentre en un despiste por parte del artista.

Otro elemento singular de la iglesia es el que se encuentra en una de sus capillas, donde se muestra la escultura de Santa Ana, (madre de la Virgen y por tanto la abuela de Jesús), sosteniendo en brazos a la propia Virgen María que a su vez sostiene al niño Jesús. Las tres generaciones unidas en una misma imagen. Iconográficamente, no sé si única, pero sin duda muy extraña.

En otra capilla encontramos un mosaico aparentemente normal pero que al mirarlo desde algo más de distancia se ve perfectamente una cruz templaria.

Y además también existen una serie de puertas en paralelo que comunican entre sí a todas las capillas del lado derecho del templo, el de la Epístola. Una imagen que me recuerda la célebre imagen de la película de Roger Corman “La máscara de la muerte roja” basada en un relato homónimo de Edgar Allan Poe. En este caso, cuando nos colocamos en uno de los extremos, lo que aparece al final, tras la última de las puertas es el reflejo de nuestra propia imagen. Símbolo sin duda de que tras el arduo trabajo espiritual, lo que queda es nuestro verdadero yo. El Yo superior.

En la capilla donde se halla la tumba del Gran Maestre Gualdim Pais, nos encontramos con una imagen de María Magdalena, una de las figuras más veneradas por la orden templaria, junto a San Miguel.

La Iglesia de Santa María de Olivais, fue además, lugar de paso en el Camino de Santiago que va desde Portugal a Santiago. De hecho, aún se observa la vieira de peregrino en el friso de la puerta del campanario.

También es destacable la gran necrópolis descubierta hace tan solo una década con más de un millar de cuerpos humanos.

Una pequeña iglesia que pasa casi desapercibida, al menos para el turismo masivo. Fue una auténtica gozada poder pasearla casi a solas.

Tras este precioso regalo, llevamos nuestros pasos hacia Lisboa…pero eso ya forma parte de la segunda parte de este artículo.

Nos vemos en ella…

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